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Nuestro foro con ambientación árabe :D

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Una Infancia Dificil; Hâkem y Tammah
Topic Started: Jun 19 2012, 03:39 AM (226 Views)
Tammah El Adivino
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Adivino

Habían corrido algunos días, escondiéndose en las callejuelas del lugar, a veces Hâkem traía algo de comida, pero también venia golpeado y las manitas tímidas de Tammah le curaban con hierbas que aprendió a usar de su mama.

Esa noche, treinta oscuras noches luego del fallecimiento de su madre, Tammah se acostó al lado y se apretó contra su hermano mayor para buscar un poco de calor, en las oscuras noches y poso su mirada estrellas – Papa y mama están en el cielo hermano- dijo pasito- mira nos miran desde arriba- dijo señalando las estrellas, mientras Hâkem miraba la ahora sucia cara de su hermano menor, ya que ambos se llevaban de diferencia siete años, el hambre estaba atenazando a los huérfanos, ya que nadie podía ayudarles, so pena de ser castigados, ya que Hashie fue condenado por traición y ahora su madre Takarem era considerado una maldita bruja.

-Mira partimos el pan de Maíz en dos- le dijo con dulzura el mas pequeño- así comemos los dos- le sonrió a su hermano. A pesar de que en pocos minutos el cielo se volvió lleno de juegos pirotécnicos por el nacimiento de un hijo del sultán, seguramente en palacio la comida no faltaría

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Hakem
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Sultán

Fuegos artificiales que iluminaban el cielo, la gente se reía el verlos y todos estaban contentos. Fuegos artificiales que por supuesto costaban mucho dinero... pero había que festejar porque había nacido otro hijo más del Sultán. El Sultán... que había mandado a decapitar a su padre por celos y que había arrastrado a su madre a la locura... ese mismo Sultán dilapidaba el dinero mientras ellos, un par de huérfanos, se morían de hambre en las inmundas calles de una ciudad corrompida.

Hâkem miró a su hermano menor y le sonrió como pudo, porque últimamente no podía más que andar con el ceño fruncido y el odio impreso en su joven rostro.

—Tú eres más pequeño, tienes que comer más para poder crecer fuerte —le explicó mientras cortaba otro pedazo de su mitad y se lo daba—. No me discutas, soy el mayor y sé lo que hago.

Le acarició los sucios cabellos y suspiró... No podían seguir viviendo así, iban a morirse de hambre en cualquier momento. Él era el hombre, él era el mayor y él tenía que sacarlos adelante.
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Tammah El Adivino
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Adivino

-tu casi no comes nada- dijo comiendo despacio - subiéndose encima de su hermano viendo los hermosos fuegos, pero no le gustaban –No me dejan ver a mamá- susurro viendo aquellos destellos de colores y luego se quedo quietito –vámonos de aquí hermano….- le dijo viendo a todos lados- viene gente mala vamos a escondernos- le dijo levantándose y dándole la manita. La astucia de Hâkem mas la habilidad de Tammah les habían salvado muchas veces- Hay algunas casas desabitadas hermano, tu debes conocer muchas, podríamos pasar la noche allí- le sonrío, a pesar de la situacion Tammah siempre trataba de sonreirle a Hâkem
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Hakem
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Sultán

Suspiró otra vez mientras se ponía de pie, no quería que siguieran escapando, tampoco quería pasar la noche en una casa abandonada donde tendrían frío y sería poco seguro. Quería una cama, maldita sea, una puta cama para estar cálido y dormir una noche entera con Tammah.

Escapar... escapar como si fueran criminales.

—No... —dijo de repente mientras se detenía y tiraba de mano de su hermano—. No, no iremos a las casas abandonadas. Ven.

Lo cargó en brazos rápidamente y caminó en dirección contraria, giró en una esquina y comenzaron a andar de repente por una zona más agradable de la ciudad. De no ser porque todo el mundo estaba pendiente de los fuegos en el cielo, seguramente les habrían pateado por lucir pobres y harapientos.

Hâkem miró con cuidado todos las casas y optó por una. La rodeó hasta la parte trasera y con el único cuchillo que tenía forzó la puerta. No había nada, pero aún así no se arriesgó a encender una vela. Llegó hasta la cocina y sentó a Tammah sobre la mesa.

—Mira, queso —sonrió colocando la barra sobre la mesa para cortarla en muchos pedazos—. Ten.
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Tammah El Adivino
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Adivino

Se aferro a Hâkem con fuerza hasta ver las hermosas casas, demasiado para ellos dos… aun así se quedo calladito y sonrío al ver que trozaba el queso – esta rico- sonrío hablando muy bajito mirando a todas partes, si les descubrían les iban a cortar ambas manos – come tu también hermano- miro a todas partes, pensando que si les iban a cortar las manos por un pedazo de queso, bien podían sacar también joyas y algunas telas.
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Hakem
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Sultán

Le sonrió y le mostró que estaba comiendo. Pero no iba a quedarse sólo con eso, rebuscó en alacenas y demás y encontró un jarrón con leche.

—Leche —le sonrió sirviendo una generosa cantidad en dos tazones—. No está caliente, pero es algo ¿verdad?

Le entregó su taza y él también bebió. Era la mejor comida que se habían dado en semanas, les ayudaría a recuperar fuerzas. Necesitaban estar fuertes dentro de todo, sobrevivir era difícil en esos días y no iban a conseguirlo si él esperaba generosidad de toda esa gente frívola. Tenían que encontrar un lugar permanente para vivir, sacar a Tammah de las calles donde no estaba seguro.

Lo sujetó por debajo de las axilas y lo bajó para hacerlo meterse debajo de la mesada.

—Voy a buscar capas y mantas, y después nos vamos ¿de acuerdo? Quédate aquí y no hagas ruido.
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Tammah El Adivino
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Adivino

Se escondió y asintió – que Sumaya te proteja y busca joyas- susurro suavecito y se escondió, empezando a rezar por su hermano allí debajo de la mesada, mirando con ojitos de conejo asustado a todos lados, escondiéndose con el mas mínimo fulgor de los fuegos artificiales, aferrando a sus harapientas ropas, esperando a su hermano.
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Hakem
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Sultán

Por suerte la oscuridad no reveló su gesto de asco ante la mención de ese dios. No soportaba escuchar de esa deidad... ni siquiera creía en él, pero lo detestaba de por sí. Por ese tipo de creencias su madre había muerto, había enloquecido. No dudaba que su madre tuviera poderes de adivinación, pero de allí a invocar dioses... no.

Con el puñal en la mano comenzó a recorrer la casa, por suerte no tenía una segunda planta y pudo ser rápido. Encontró el dormitorio principal, donde sacó un bolso de cuero y comenzó a meter en él todo cuanto podrían cargar sin ser demasiado vistosos.

Envolvió varias joyas en una manta, la metió en el bolso. Se hizo con una espada muy bonita, un par de cuchillos, algo de ropa y finalmente una capa de viaje grande y abrigada.

Regresó pronto a la cocina. Se colgó el bolso en la espalda, se puso la capa encima y cargó a su hermanito nuevamente envolviéndolo con la enorme tela.

—Conseguí muchas cosas, ahora sí nos vamos —le sonrió contento.

Con sigilo salieron de la casa, cerró la puerta como si nunca hubieran estado allí y se encaminó a una zona poco agradable pero que quizás sería la única donde les aceptarían dinero o joyas para darles alojamiento.

—Hoy no pasaremos frío ni hambre.
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Tammah El Adivino
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Adivino

Nopudo ver el gesto de su hermano, ante un dios que ahora Tammah adroaba y cuando aparecio su hermanoSonrío mas con alivio que otra cosa, al verle aparecer y se aferro a él con ambas manos, mirando como su hermano caminaba con la agilidad de un leopardo pero su mirada era la de un Halcón – Caminas como papa- susurro viendo que salían de la parte “bonita” y pudiente de la ciudad e ingresaban a un recoveco de casas sucias y calles sin salida, también habían muchas chicas y chicos con poca ropa y se cubrió la carita un poco – son “odalishas”?- pregunto al ver a los chicos de la vida fácil mirando a ambos niños, claro que uno completamente cubierto que bien parecía un bulto encima de los brazos del mayor.
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Hakem
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Sultán

—No... es otra palabra pero es muy niño para saberla, no mires —le reprendió tapándolo bien con la capa.

Si bien la vida iba a ser difícil siempre, no había necesidad de que Tammah viera y aprendiera cosas antes de tiempo.

Caminó a lo largo de la calle, contemplando las casas de placer y tratando de decidir en cuál estarían seguros. Finalmente se adentró en una que no estaba muy concurrida, donde las putas eran mujeres adultas con cuerpos no muy agraciados y los muchachos tenían cicatrices horribles en el rostro o algunos miembros amputados.

Habló con el proxeneta del lugar, le ofreció un anillo de oro por darles una habitación, comida y secreto por su presencia. El sujeto aceptó encantado. Hâkem no le dio su verdadero nombre, así era más seguro.

La habitación estaba en el último piso de aquel tugurio, y en realidad no estaba tan mal. La cama era grande, tenía sábanas limpias y mantas. Había un sillón contra la pared y la ventana tenía cortinas sanas. Hâkem dejó a su hermanito sobre la cama, se quitó la cama colgándola en la ventana y luego el bolso, que escondió temporalmente bajo la cama.
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