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Toma de contacto; [Cameron]
Topic Started: 11 Jul 2014, 04:28 PM (103 Views)
DeWitt
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Cuarenta y cinco minutos después de haber montado en aquel coche por fin llegaban ante la imponente Aguja. El espigado edificio del gobierno se alzaba brillante como un haz de luz blanquecina que descendiera directamente del cielo, perdiéndose su punta diamantina entre las nubes bajas. Era hermosa, evocadora y temible. Un símbolo de Luxor, un auténtico referente del Babel moderno.

Al menos eso dice la publicidad. Valentine sonrió ante su propio pensamiento, no lo decía con maldad pues a él la magnífica construcción se le antojaba una meta a punto de ser alcanzada y sentía felicidad. Por eso dejó los papeles que había estado leyendo durante el viaje (que no eran otra cosa que un batiburrillo tedioso y pedante de los movimientos de su predecesor y otras hierbas del puesto) para deleitarse con los últimos metros de trayecto, hasta detenerse ante la entrada. Hoy parecía incluso más majestuosa que nunca.

-Hemos llegado señor. Por favor, tenga un buen día. El país le necesita – anunció el androide, soltando su cinturón de seguridad y abriendo la puerta. Entonces Valentine fue consciente del barullo exterior, del bullicio luxita y de la realidad que le envolvía. Regresó la ansiedad a su estómago en forma de oleada de energía. Sonrió mientras guardaba con poco cuidado los papeles en el maletín y abandonó el coche.

Quizá debió atravesar la puerta directamente, sin dejarse ver demasiado por otros ministros, sin gozar de la brisa que acarició su rostro y liberar el brillo emocionado en su mirada, pero, lo hizo. Aguardó casi dos minutos completos en aquel mismo punto, incluso cuando el coche oficial ya se retiraba y lo dejaba desamparado, convertido en un blanco fácil para ojos aviesos (eh, todos eran rivales en la escalada política), disfrutando del instante de ilusión, de satisfacción personal.

Resistió la tentación de ampliar la sonrisa o cerrar los ojos y volvió a colocarse los bajos de la americana. Echó a andar atravesando el conjunto de altos arcos acristalados que formaban la entrada y no se detuvo hasta el mostrador de recepción. Allí le esperaba un hombre alto y trajeado, de piel oscura y ojos verdes. Sería su orientador durante la próxima hora, intercambiaron palabras amables, poco trascendentes en realidad y se sumergieron en el recorrido de las plantas a las que tenían acceso con su rango actual, también le comentó un puñado enorme de normas que ya conocía y tras resolver alguna pequeña duda se enfocaron en la planta dónde estaba su despacho. Allí estaría su asistente Cameron Warlock. Él le pondría al corriente de todo lo necesario...

Valentine agradeció aquella despedida con un amable “gracias” y aguardó que la imponente figura se alejase por el pasillo antes de tomar el pomo en su mano e introducirse al despacho. Había trago saliva por reflejo. Inquieto. Nunca antes trabajó con magos, pues su puesto anterior no requería de asistente en verdad y si necesitaba ayuda eran becarios en prácticas lo que corrían a traer café o hacer fotocopias. Esperó encontrase con aquel ser, chico... lo que fuese... nada más abrir, pero no fue así. Parpadeó asomando la cabeza curioso, un poco aliviado de tener un momento para adaptarse al lugar.

-No está mal...

A pesar de ser amplio y poseer buenas vistas tenía un aire demasiado recio, severo a su parecer, pero todo estaba colocado dónde se suponía debía estar (o algo así) y relucía. Dejó el malitín sobre el escritorio principal al pasar al lado pero no se detuvo hasta estar frente al ventanal. Mirar a través le arrancó una sonrisa del fondo del corazón.

Podía ver casi todo Simbel desde allí. Parecía un mapa dibujado sobre un lienzo horizontal y el movimiento irrefrenable de los ciudadano como hormiguitas incansables.
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Cameron
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Para Cameron aquel día amaneció como cualquier otro. O, por lo menos, eso trataba de hacerse creer.
Lo cierto era que no se hacía muchas ilusiones respecto al trato que fuera a recibir por parte de su nuevo jefe, un tal Valentine DeWitt, según había oído. Un hombre joven que recién se estrenaría en un cargo de peso. Aún recordaba la pasión con la que había llegado a Luxor cinco años atrás; las ganas que había sentido entonces por aportar su granito de arena, por pequeño que fuera, y mejorar las cosas para la gente como él. Ser asignado como ayudante del Ministro de Derechos Sociales y Cultura fue lo mejor que le pudo pasar de cara a lograr sus fines. O eso creyó... No tardó en descubrir cuál sería su función en todo aquel tinglado: servir cafés, copiar dictados, hacer encargos, ordenar el despacho, organizar la agenda... las mismas tareas que hacía un simple becario. Había sido un ingenuo al pensar si quiera que nadie allí fuese a tener en cuenta lo que él tuviera que decir. Y lo seguiría siendo si no hubiese pasado cinco años de su vida aprendiendo la lección y cuál era en realidad el lugar que le correspondía en aquella sociedad.
No, a aquellas alturas sabía demasiado bien lo que le esperaba. Seguiría siendo aquel ente invisible que traía los cafés por las mañanas y mantenía el despacho impecablemente ordenado para gusto de su superior.

Sin embargo, y pese a saber que por mucho que cambiase de manos su situación iba a seguir siendo la misma, no podía evitar sentir cierta sensación de nerviosismo aguijoneándole el estómago. Suponía que era normal, aunque no dejaba de molestarle. Como le molestaba en parte haberse tomado la molestia de redactar un informe que nadie le había pedido.

Se suponía que debía ser el propio Ministro quien, con el objetivo de poner en situación a su sucesor, redactara un informe sobre la línea política que había estado siguiendo durante su servicio, las últimas medidas que había tomado y los resultados obtenidos, las propuestas que había actualmente en marcha y las que había previstas para un futuro próximo, indicaciones y consejos generales que deseara dejarle, etc.
No obstante, Cameron llevaba cinco años de su vida sufriendo el estilo rebuscado y rimbombante de su anterior jefe. Y, en su deseo inconfesable por causarle buena impresión al nuevo Ministro, se le había ocurrido redactar un informe alternativo él mismo. Uno más fácil de leer y que ayudara a DeWitt a hacerse una visión global de la situación a la que se enfrentaría sin riesgo a que el pobre hombre se perdiera entre figuras retóricas ni florituras literarias.
Le avergonzaba reconocerlo pero lo tenía escrito desde hacía una semana. Claro que eso no le había impedido pasarse gran parte de la noche anterior revisándolo y puliéndolo aún más si cabía. Como si en realidad fuese a servirle de algo... Al final la amarga realidad siempre terminaba imponiéndose. Y la relidad era que, con algo de suerte, su informe permanecería cinco minutos sobre el escritorio del nuevo Ministro antes de terminar en la papelera.

Con un suspiro, el mago dejó que el resto de pasajeros bajaran del vagón en el que se encontraba -el último, por supuesto, destinado sólo a magos- antes de tomar su bici plegable y apearse. Tardó diez minutos más en llegar a Aguja. Afortunadamente no había encontrado mucho tráfico por el camino. No llegaba tarde, pero no tan temprano como le hubiera gustado.

Tras encadenar su bici en la zona reservada a ello y desmontar el sillín, accedió al edificio. Una vez allí tuvo que someterse a los controles de rigor: escaneo completo, detección de metales, una firma, indicar su código de identificación y ya estaba dentro. Para cuando llegó a la planta en la que trabajaba ni siquiera eran las ocho. Todavía tenía tiempo de darle un último repaso al despacho, preparar café y dejar su informe sobre el escritorio de su superior sin necesidad de entrar en detalles antes de que su nuevo superior llegara.
Así, sin ni siquiera llamar a la puerta -daba por hecho que DeWitt todavía no había llegado- abrió y... se encontró de bruces con una delgada figura que se recortaba contra la pálida luz de la mañana. Había despegado ya los labios para disculparse por la intromisión cuando el muchacho se giró y pudo verle la cara. En ese momento, Cameron frunció el ceño y, sin lograr cerrar del todo la boca, entrecerró ligeramente los ojos para mirarle extrañado. ¿Quién narices...? ¿Era posible que se hubiera equivocado de...? Miró el letrero que figuraba en la puerta...

Ministro de Derechos Sociales y Cultura.
Valentine DeWitt


No, él estaba donde tocaba. ¿Pero entonces...?

“Disculpe, creo que ha habido una confusión. Este es el despacho del nuevo Ministro de Derechos Sociales..." indicó, volviendo de nuevo la mirada al muchacho que lo observaba desde el otro lado de la estancia. "¿...verdad?” inquirió, dudando.

Estaba claro que él no se había equivocado de despacho. Y era imposible que aquel crío fuese el nuevo Ministro. Le habían dicho que sería alguien joven pero... ¿tanto? ¡Si parecía un recién licenciado!
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DeWitt
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Empezó a perderse en la contemplación del paisaje, preguntándose cómo verían los ciudadanos el inmenso edificio que ensombrecía las construcciones más bajas, como un titan de diamante observándolos impertérrito, del mismo modo que lo hacía Hope a pocas calles de allí.
En las postales ambas torres rompían con el perfil de la ciudad, estirándose hacia el cielo igual que manos ambiciosas o guardias opresores -según unos pocos-; pero al nuevo ministro le parecían hermosas, símbolos de esperanza y prosperidad, de orden. Eran algo bueno. Desde ellas el gobierno hacía funcionar el engranaje de Babel, permitiendo que la paz continuase aún tras tantos años...
¿Acaso no era eso digno de admiración?

Un suave y cálido rayo solar incidió en el rostro de Valentine, obligándole a entornar los párpados para aliviar la visión borrosa. Sonrió breve y entonces escuchó el click familiar de una cerradura. Se giró para ver quién entraba, por un momento sintiéndose extraño, casi un intruso. Luego recordó que ese era su despacho.

Violeta

El intenso color de aquellos ojos le atravesó, dejándolo clavado al suelo por un segundo. Fue una descarga intensa que le resultó violenta, como si el desconocido acabase de insultarle; pero, pensó, era una estupidez suya, seguramente gracias a los nervios. No obstante el recelo le arrancó una dócil sonrisilla.

¿Quién coño era ese?


Cuando el hombre desvió la mirada hacia el exterior -seguramente para releer el nombre en la puerta- aquel fugaz sentimiento se deshizo, tan rápido como llegó, de modo que Valentine quedó prendado de una nueva curiosidad ¿Acababa de imaginarlo? Casi había sentido el rechazo flotar entre ellos, sin embargo, ahora el recién llegado más parecía confuso que otra cosa. Rió divertido mientras apoyaba una mano en la cadera. Arqueó una ceja.

- Eso espero. Mi nombre está fuera y me gustan las vistas... sería una lástima tener que cambiar de despacho. Por no hablar de la bronca que le ahorraríamos al pobre diablo que escribió el nombre equivocado.
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Cameron
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Increíble. ¿Así que aquel era el nuevo Ministro? ¿Su nuevo jefe? No tenía nada que ver con el anterior. De hecho, en comparación no era más que un niño. Un niño cuya sonrisa dócil y palabras simpáticas le hicieron parecer aún más pequeño a sus ojos.
Mierda, ¡se lo iban a merendar allí dentro! ¿Cómo puñetas había llegado alguien así a aquel despacho?

“Oh... No creí que...”

¿No creyó que qué? ¿Que fuera a ser tan joven? ¿Era tonto o qué? No podía decirle eso. Ya había hecho una entrada pésima al hablarle como lo había hecho. El antiguo Ministro lo habría largado a patadas del despacho por mucho menos. Claro que DeWitt todavía no había visto el brazalete que revelaba su naturaleza como subhumano, oculto su brazo aún tras la puerta debido a que en todo aquel tiempo no había soltado el picaporte. Tal vez aquella actitud tan mansa cambiara en cuanto comprendiera delante de quién estaba. Aunque, en cualquier caso, eso no quitaba que su comportamiento fuese demasiado amigable para la pecera llena de pirañas en la que había caído.
Fuera como fuese no podía insultarle dejándole entrever que le parecía demasiado joven para el puesto. Como si importara mucho lo que él pudiera opinar respecto a nada en absoluto.

“No creí que fuese a estar aquí tan pronto, señor, aún es muy temprano.” dijo finalmente, traspasando de una vez el umbral para presentarse como era debido. “Soy Cameron Warlock, su secretario.” indicó con una pequeña inclinación.

Al antiguo Ministro le gustaban todas aquellas formalidades. Aunque, por supuesto, jamás nada como estrecharle la mano o cualquier otro gesto que supusiera mantener el más mínimo contacto físico con él. Y eso que llevaba las manos enfundadas en unos guantes de cuero de imitación la mayoría del tiempo.

“Espero que el despacho sea de su agrado. El personal de mantenimiento puede sustituir el mobiliario por otro más acorde a su gusto si lo desea.” señaló. Estaba hablando demasiado y todavía no le había entregado el informe.

Aunque lo cierto era que no estaba del todo seguro de dárselo... En apenas unos segundos DeWitt le había dirigido más palabras seguidas que su anterior jefe en cinco años. Pero hacía un par de minutos el muchacho todavía no sabía quién era. Le jodía admitirlo y estaba haciendo su mayor esfuerzo por que no se le notara, pero el corazón parecía que se le saldría del pecho de un momento a otro a causa del nerviosismo. ¿Por qué tenía que torturarse esperando algo que no iba a suceder? ¿En qué cabeza cabía que fuera a seguir tratándole con la misma simpatía ahora que sabía quién y qué era?

“Prepararé café...” musitó antes de dirigirse a su escritorio, situado a un lado del despacho, casi encajonado en un rincón, para dejar su bandolera de cuero -este sí, auténtico- y la chaqueta y ponerse manos a la obra con la cafetera. Estaba actuando de manera automática, huyendo para refugiarse en su rutina de cada día, pero es que no soportaba estar allí de pie esperando por más tiempo.

Su vestimenta, al contrario que la de DeWitt, no era nada muy sofisticado. Una camisa verde grisáceo y unos pantalones de tela negros eran lo más formal que había encontrado en su guardarropa después de que un problemilla en la habitación de la colada de su edificio terminara tintando todas sus camisas blancas de un estridente amarillo pollito. Al parecer alguien dejó olvidadas un par de pantunflas en la lavadora que él utilizó para meter su ropa.
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DeWitt
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Notó el cambio en el aire casi de inmediato y se relajó, a pesar de no ser realmente consciente de cuanto se operaba en la mente del mago. Ese atisbo de decepción que mezclado con sorpresa parecía confundirlo tanto y la vergüenza subyacente en el hecho de tener que revelarse.

Valentine estuvo tentado de hacer alguna broma respecto a su pronta llegada pero la presentación del chico, que más parecía haberse estado escudando con el marco de entrada, le arrancó una expresión de sorpresa. Casi de susto. Arqueó las cejas, entreabrió los labios...

¡El mago!

Duró un instante pues fue lo bastante rápido para contenerse y camuflarse tras una mueca confusa, para nada falsa por cierto, ya que no podía encontrarse más absorto en la contemplación del chico. Ahora lo observaba con otros ojos aunque estos se mantenían amigables; pero no fue capaz de prestar mucha atención a las explicaciones que le ofreció sobre toda suerte de posibilidades para modernizar la decoración del despacho. Estaba demasiado distraído.
No es que jamás hubiese visto un mago, o tratado con uno, pero ahora sería de un modo nuevo, completamente diferente y más personal. Estaría solo, trabajando codo con codo. Resultaba extraño pues en verdad al verle entrar no parecía más que un humano corriente -un poco mal humorado quizá- y no tomó conciencia del brazalete hasta que supo quién era. En el fondo sintió molestia por su propio cambio de enfoque. Parpadeó notando un fogonazo de rubor en la cara tras ser consciente de su comportamiento ¡Qué mal educado! Incluso si el mago se había escurrido de su vista en cuestión de segundos, quedando seguramente ajeno al escrutinio, sintió vergüenza.

Valentine tragó saliva, se rascó una mejilla y apartó la cara hasta que la inquietud repentina decidiese abandonar su cara. Eso sí, le fue imposible no espiar la figura castaña de reojo. Definitivamente parecía joven y vestía de modo normal, como cualquier ciudadano, nada más allá del brazalete parecía dejarle ver qué no era si no un ser peligroso -¿Verdad?-; pero, incluso cuando su tono de piel regresó al pálido original y volvió a enfocarse en Cameron siguió sin encontrar nada mágico en él.

-Gracias- murmuró de pronto, empezando a notar una atmósfera incómoda cernirse sobre ellos. Todo se quedó en silencio tras la huida disimulada del secretario para preparar café y él se distrajo intentando buscarle una cabeza extra o un halo de maldad -. La verdad es que no he tenido tiempo a desayunar y me mueropor un café...

Guardó amabas manos en los bolsillos, adoptando una postura menos tiesa. Ni siquiera se dio cuenta pero se había puesto rígido. Seguramente el moreno pensaba que era un imbécil.
Edited by DeWitt, 13 Jul 2014, 12:55 AM.
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Cameron
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Pese a que no pudo ver el cambio que se había operado en el rostro de DeWitt -el anterior Ministro siempre le había insistido en que un mago no debía nunca mirar a los ojos a su superior-, no le pasó desapercibido el profundo silencio que le siguió a su presentación.
No fue de extrañar, pues, que en mitad de una situación tan incómoda se apresurara a salir del paso con la primera excusa que le vino a la cabeza: preparar café. Había hecho una entrada que difícilmente podría haber sido peor. Aquel silencio no era sino una prueba de ello. A aquellas alturas, el mago daba por perdida cualquier posibilidad que hubiera podido tener de que la relación Ministro-Secretario fuese mínimamente amable.

Por supuesto, nunca había esperado mantener con DeWitt algo similar a una amistad. No pretendía que cada lunes se contaran cómo habían pasado el fin de semana, ni que compartieran bromas y mucho menos que comieran juntos a mediodía. En realidad se conformaba con que no le recordara a cada momento cuál era la naturaleza con la que había tenido la poca fortuna de nacer.
El muchacho que seguía de pie a sus espaldas mientras él trasteaba con la cafetera le había parecido simpático. O, por lo menos, no tan ruin como el anciano que ocupó su puesto hasta hacía apenas doce horas. Pero conocía demasiado bien aquel silencio, aquella tensión como para...

¿Acababa de darle las gracias?

Casi se le cae la jarra de la impresión cuando se disponía a depositarla bajo el surtidor de la cafetera. Normalmente acostumbraba a saber muy bien cómo ocultar sus sentimientos y, sobre todo, cómo anular reacciones inapropiadas. Pero, mierda... aquel crío parecía haberse empeñado en ponérselo jodidamente difícil. Por suerte todavía seguía de espaldas y no le había podido ver la cara de susto que se le había quedado.
Inundado por una nueva -y aún sorprendente- sensación de ánimo, Cameron pulsó el botón de encendido y se forzó a serenarse.

“No hay de qué...” musitó, extrañado todavía por verse pronunciando aquellas palabras delante de su recién estrenado superior.

¿Cuándo había sido la última vez que el anterior Ministro le había dado las gracias? La mera pregunta le hizo reír para sus adentros. Ya, claro...

Girado de medio lado -todavía no se atrevía a mirarle a la cara, y menos después de aquel gracias-, reparó en su cartera. Tal vez... tal vez debiera probar suerte con el informe después de todo. Total, qué era lo peor que podía pasar. Ya había entrado allí con el ánimo de verlo en la papelera al final del día, así que...

“Redacté un informe alternativo.” indicó, sacándolo de la cartera y observando la cubierta durante un par de segundos con el ceño fruncido antes de decidirse a acortar la distancia que le separaba del escritorio de DeWitt y ofrecérselo con una mirada entre intrigada y recelosa. “Sé que el anterior Ministro ya le ha hecho entrega de uno. Y sin duda estará más completo y detallado que el mío. Pero pensé que un informe más breve le ayudaría a ponerse al día más rápido.” explicó.

No sabía cuánto habría ocupado el informe que el anciano había redactado para DeWitt, pero sin duda sería mucho más que las casi veinte hojas que le había ocupado a él.

“De todos modos, si tiene cualquier duda sobre algo en particular dígamelo y haré lo posible por ayudarle.” añadió, lanzándose a pelo al vacío, sin cuerda de seguridad ni tonterías.

De perdidos al río. ¿No decían eso?
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DeWitt
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Obtener ese “No hay de qué” fue suficiente para devolver la serenidad al ministro, cuyos hombros parecieron libres de la invisible tensión que los aplastaba. El aire mucho más relajado, aunque aún no fuese suficiente -no para él-. Permaneció unos segundos en la misma posición, recortándose contra la luz de la mañana y observó detenidamente al mago. Llegó a la conclusión de que más que malhumorado lo que estaba era nervioso.

Dos tontos en apuros, se dijo, sonriendo y aproximándose lentamente a su nueva mesa. No estaba mal, era grande, de corte clásico y materiales recios, aunque solían gustarle más los muebles modernos que tenían un aire menos pesado. Sacó una mano del bolsillo y arrastró un dedo sobre la superficie pulida. Tropezó con sus microscópicas irregularidades, vio un par de rayonazos de tinta y finalmente acarició las esquinas metálicas del maletín que se encontró en el coche. Supuso que ahora sería suyo. Incluso le habían grabado sus iniciales.

Volvió a escuchar la voz del mago y al levantar la vista lo encontró próximo, tanto que reparó en sus ojos violetas de nuevo ¡Que color tan llamativo! Le regaló una mueca afable. Aún no sabía de la relación que mantenía con su predecesor, pero, a su ver debía tenerse una buena comunicación y un trato mínimamente agradable con quien sería tu mano derecha. E incluso él era consciente de las miradas burlonas que acarrearía dar esa opinión en voz demasiado alta. Si bien nadie parecía plantearse una cuestión muy lógica ¿Cómo iba a ser realmente peligroso Cameron? ¿Acaso el Gobierno no se preocupaba precisamente de eso? Debían dar una oportunidad a los menos afortunados de integrarse correctamente en la sociedad...
...era un derecho fundamental.

Valentine tomó la carpeta con ambas manos, ojeando su pulcra encuadernación y pasando unas cuentas hojas de fluida tipografía. Le gustó. Para empezar era mucho más estrecho que el batiburrillo del maletín. Se distrajo sin querer, mientras Cameron explicaba su acción, leyendo un párrafo al hazar. Sí, mucho más sencillo de leer. Rió entre dientes.

-Todo un detalle. Gracias Cameron. Lo leeré después de ese café -indicó moviendo una mano a modo de agradecimiento y posó el informe junto al maletín -. La verdad, sí que me dejaron un informe de la situación de mi predecesor... pero de algún modo creo que ese hombre deseaba vengarse del retiro. Pretendía tenerme en vela toda la noche sólo leyendo ese mazacote de papeles que preparó. Es increíble que alguien tan mayor pueda meterse en tantos temas a la vez.

Murmuró lo último, más para sí que nada, tomando asiento al borde de la mesa y abriendo el maletín para dejar sobre la mesa la pequeña torre de informes y notas. Estaba seguro de que le llevaría más de una noche desentrañar realmente aquel cúmulo de información.

-¿Llevas mucho tiempo en este departamento?
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Cameron
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Si el muchacho hubiese verbalizado sus pensamientos acerca del trato que debía prestárseles a los magos, Cameron hubiera sufrido un síncope. No era que sus propias ideas fuesen por caminos distintos a los del nuevo Ministro, sino más bien que cada día debía lidiar con personas que pensaban de manera completamente opuesta.
Algunos ciudadanos estaban a favor de otorgarles ciertas facilidades en pro de su integración, pero sentían demasiada aprensión hacia ellos como para quererlos trabajando al lado. Otros directamente no comprendían por qué el Gobierno actuaba como lo hacía en lugar de hacerlos desaparecer nada más llegar al mundo.

En cualquier caso el mago empezaba a comprender que su nuevo jefe no sería, ni de lejos, como el anterior. Y se sentía tremendamente agradecido por ello.
Con el corazón en un puño, vio como DeWitt cogió su informe y lo ojeó por encima, parándose a leer algún retazo que hubiese llamado su atención mientras él hablaba. La repentina risa que brotó entre los dientes del político le asustó. De pronto, todo aquel sentimiento de felicidad que había comenzado a embargarle al creer que Valentine no le trataría como si fuera un monstruo de feria al que había que ocultar a toda costa se evaporó con la velocidad en la que se tarda en explotar un globo. Había vuelto a tomarse demasiadas libertades redactando aquel informe. DeWitt no lo consideraría a la altura del que había escrito su predecesor. Y en realidad así era, pero...

“Todo un detalle. Gracias, Cameron.”

Aquello debía de ser una broma. Le estaba tomando el pelo, nada más.

Confuso, aunque logrando que esta vez no se le cayera la máscara, le observó dejar su carpeta sobre la mesa, justo al lado del maletín. ¿Era posible que lo hubiese dicho en serio aquello de que lo leería?

“El señor Morrison era un político abnegado, señor. Vivía por y para su trabajo.” respondió mientras se acercaba de nuevo a la cafetera, que ya había empezado a borbotear café en el interior de la jarra de cristal.

Y vaya que lo había sido un hombre abnegado. Tanto era así que las malas lenguas habían llegado a decir que si se había jubilado por fin, después de que hubiesen pasado casi tres años desde que cumplió la edad máxima para seguir trabajando, era porque su mujer le había puesto un ultimátum: o se jubilaba de una vez o ella se retiraba a Eriador y lo dejaba solo en Luxor. Recordaba el escalofrío que sintió cuando por casualidad oyó el rumor por los pasillos. Conociéndolo no le hubiese extrañado lo más mínimo que hubiera permitido que su mujer lo abandonara en tal de seguir en el cargo.

“Cinco años. ¿Azúcar?” inquirió mientras servía el café en una de las tazas de porcelana que había expuestas junto a la cafetera y tomaba el azucarero. “No he trabajado en ningún otro departamento pero, si lo necesita, puedo darle una breve descripción de cualquiera de las propuestas que estaba llevando a cabo el anterior Ministro o de las personas con las que tiene alguna cita programada en los próximos días.” indicó, llevándole el café.

Mirándole no podía evitar sentir que nada de lo que había allí pegaba en lo más mínimo con el nuevo Ministro. Aquel ambiente anticuado y cargado deslucía por completo su apariencia. Incluso parecía fuera de lugar, vestido con un traje tan caro y sosteniendo una tacita de porcelana.
Plantado ante él, observándole mientras se decidía a hablar o no, se dio cuenta de que decidiera lo que decidiera más le valía hacerlo pronto si no quería incomodarle.

“¿Puedo hacerle una pregunta?” inquirió, ladeando el rostro, aguardando a que Valentine accediera antes de continuar. “¿Ha pensado en alguna línea de acción para sus primeras semanas en el cargo?”
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DeWitt
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Valentine habría escogido otro calificativo para su predecesor pero tampoco estaba mal dicho, aunque aún no tenía tiempo de ahondar en los asuntos del viejo ministro sí investigó el máximo -dentro de las posibilidades-, y descubrió un hombre inflexible con ideales de hierro y mano imperturbable. Apegado a la tradición, clásico. Nada inesperado en realidad.

-Dos cucharadas - indicó observando la tacita de porcelana que Cameron dejó frente a él. Era una buena pieza, quizá fuese de lo poco que no quemaría en aquel despacho. Empezaba a sentirse viejo rodeado de tanto mueble de la era pasada, además, olía a viejo... ¿no olía a viejo? El mago ya debía estar acostumbrado, en fin, no iba a comentarlo todavía porque sería muy grosero pero tenía ganas de hacer suyo el espacio -. Cinco años está bien... Me sería de mucha ayuda si puedes explicarme la agenda para los próximos días, sí. Imagino que conocerás las relaciones que Morrison mantenía con esas personas. No quiero hacer el tonto en mis primeros días.

El tono fue bromista, distendido, pero en verdad tenia interés en conocer esos detalles. El viejo ministro fue uno de los mejor relacionados de las últimas décadas y dado su largo tiempo al timón podía ser difícil hacerse con esos mismos contactos. Nadie le aseguraba nada, sin embargo, parecía lo más lógico y recomendable de cara a su futuro en el puesto. Debía ser cauto a la hora de ejercer cambios en la línea política actual. Aunque era obvio y sabido por todos que existía un abismo de ideales entre Morrison y DeWitt, eso le hacía pensar que si fue elegido incluso con esas diferencias debían querer algún tipo de cambio.

“Ten cuidado”

Fue el consejo más extendido entre sus allegados, y escucharlo surgir de su subconsciente mientras tomaba la taza de café con ambas manos le distrajo. Tomó una honda bocanada de oxígeno y, así, el delicioso aroma de la taza inundó sus sentidos. Sonrió y entornó los párpados con dulzura. Fue justo cuando Cameron realizó su siguiente pregunta. Valentine levantó la vista y posó sus ojos azul plomo en los violetas del mago.

“Cautela”

-Sí, algo así -aún no podía saber cuán fiel le sería aquel hombre, que por cierto hacía un café maravilloso, ni cuanto de sinceridad debía compartir, tampoco conocía su verdadera mentalidad política, pero, mientras estudiaba sus ojos sintió un palpito, una especie de corazonada ¿Sería magia? ¿O sólo su propio instinto? - Cautela. Ese es mi plan para los primeros días. Sé que no parecerá gran cosa, y te puede decepcionar, pero es pronto... Necesito adaptarme al puesto. Conocer bien los pasos de Morrison y ver cuantos de sus apoyos me seguirán a mí. Es de dominio público que no tenemos la misma mentalidad; pero, si me arriesgara a tirar todo su trabajo por tierra nada más acceder al puesto sería un suicidio político.

Al tiempo que hablaba el rostro de Valentine DeWitt adquirió visos serios, la astucia palpitó en el fondo del mar que se clavaba en Cameron, y una leve sonrisa casi juguetona le torció los labios.

-Además mi predecesor es un excelente político, tengo que escoger qué puedo aprender de lo que ha dejado para mí, y, también tengo que adquirir unas cuantas fidelidades. Eso es complicado... A veces la gente es fiel sólo por costumbre, porque lleva varios años siguiendo ciertas pautas, y es complicado que te hagan caso.
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Cameron
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En la intimidad, Cameron tampoco habría escogido aquel calificativo para definir al antiguo Ministro. Ciertamente todo el aprecio que pudo llegar a sentir alguna vez por aquel hombre murió asesinado el primer día de trabajo. Pero, a pesar de cómo le hubiera tratado a él durante aquellos cinco años, debía reconocer que en lo relativo al trabajo el hombre siempre había sido un ejemplo a seguir. Por supuesto, siempre había pecado de tener un carácter demasiado rígido, así como de estar muy chapado a la antigua, pero en todo momento se había conducido como todo un ejemplo de entrega y pasión. No en vano había logrado llevar a cabo tantos proyectos. Valentine DeWitt iba a tener que ponerse las pilas desde ya si quería coger pronto el ritmo que había llevado su predecesor.

En silencio, el mago vertió dos cucharadas de azúcar en el café y lo removió antes de entregarle la taza. Esperaba que fuera de su gusto.

“Será un placer, señor.” asintió.

Su primer impulso fue acompañar su respuesta con una ligera inclinación de cabeza. Pero el tono jocoso del muchacho le hizo sustituirlo por una pequeña sonrisa. Estaba claro que aquel chico no se parecía lo más mínimo al anciano que, hasta hacía bien poco, había ocupado su puesto.
No las tenía todas consigo sobre que aquella buena predisposición hacia él durara mucho. Al fin y al cabo era cuestión de tiempo que DeWitt se diera cuenta de cómo funcionaban las cosas allí, así que tal vez en breve se convirtiera en un nuevo Morrison. Pero mientras que eso no sucediera él le daría tantos motivos como pudiera para que continuara contando con él en su día a día. Es decir, haciendo algo más que preparar cafés y hacer encargos, claro.
Así pues, en cuanto Valentine comenzó a hablar, él le prestó toda su atención, cavilando ideas para que el muchacho lograra sus fines, pensando de qué manera podía ayudarle...

Efectivamente, y aunque ambos ministros tuvieran una mentalidad distinta, descartar automáticamente todos los proyectos que Morrison había dejado abiertos sería una decisión nefasta. Así que su respuesta le gustó. De todos modos no es que su opinión contara para nada, claro, pero le gustó que fuese tan profesional. Sus palabras y el gesto que adquirió su rostro le dejaron claro que, a pesar de su juventud, DeWitt iba a resultar un muchacho más que capacitado para desempeñar su cargo.
Cameron se sentía avergonzado ahora por haber dudado de él nada más verle. Él que cada día sufría en carne propia el daño que podían hacer los prejuicios y aún así no era capaz de enfrentar los suyos propios.

“Uhm... lo cierto es que hay varios proyectos que tal vez sí coincidan con su línea de pensamiento, señor.” indicó, haciendo memoria. “En cualquier caso estoy seguro de que el informe que elaboró para usted el señor Morrison le será de mucha ayuda para saber con detalle cuáles fueron sus pasos en los últimos años y aprender mucho de él.” añadió. “En cuanto a las fidelidades me gustaría serle de ayuda. En los próximos días tiene concertadas reuniones con varias personas y otras tantas acudirán a darle la bienvenida y felicitarle. Yo podría hablarle de aquellos a quienes no conozca. Cargo, tendencia política, logros... Así podrá juzgar si le interesa de alguna manera estrechar lazos con ellos o no. También puedo hablarle de aquellos en los que el antiguo ministro tenía más confianza. Tal vez quieran ayudarle.”

Tal vez se estuviera tomando demasiadas libertades, pero quería saber hasta dónde podía llegar. Hasta ahora DeWitt no se había quejado de su buena predisposición a ayudarle. Y, en honor a la verdad, esperaba que no darle nunca motivos para hacerlo.
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