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Trabajando hasta tarde; (Cameron)
Topic Started: 19 Jul 2014, 04:41 PM (166 Views)
DeWitt
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La luz nocturna se agolpaba contra la aguja, colándose en los despachos vacíos y arrastrando sus manos sedosas y sombrías por cada rincón solitario, rodeando aquellas zonas aún iluminadas, agolpándose como un rostro curioso contra el vidrio que separaba a los trabajadores tardíos de su manto de misterio, de sus calles punteadas por neones, de su libertad.

La atención de la noche había caído sobre el edificio haría unos veinte minutos, pero hacía más de treinta que los empleados más afortunados se marcharon. No era el caso del ministro de derechos humanos y su anegado secretario. Ellos continuaban sentados tras el escritorio, envueltos por la luz vibrante y blanquecina del techo, concentrados. Al menos así fue hasta que un suspiro débil escapó de labios del flamante ministro.

Agobiado y agotado Valentine se echó hacia atrás, reposando la espalda dolorida en el mullido y viejo butacón. Cerró los ojos mientras se quitaba las gafas, mordiendo una patilla. Recordó ponérselas porque le picaban los ojos pero ahora además de tener ese molesto ardor una marca rojiza se instaló en su nariz, dónde se apoyaba la montura. A pesar de ser muy ligera, de construcción elegante y color negro. Gimió abandonando la pantalla líquida dónde estaba escrito su discurso de acceso al cargo. Estaba harto de releer la misma línea una vez tras otra. No porque el texto fuese pesado ni nuevo para él, al contrario, estaba muy bien redactado pero no podía más. Tenía hambre, quería fumar, y por dios, quería que terminase la apestosa semana de trabajo excesivo. Acabar de ponerse al día, participar en la dichosa fiesta que habría después del discurso y mandarlos a todos a freír espárragos.
Bueno, no tanto, con levantarse a tomar el aire, fumar y estirar las vértebras de la espalda ya le valía. Además, le daba lástima tener a Cameron allí retenido. Era un gran chico, un buen ayudante, se molestaba muchísimo y si no fuese por él al segundo día habría muerto devorado por la pila de papeleo.

Me habría muerto el primer día, leyendo esa mierda de informe que hizo Morrison, refunfuñó, ese viejo lo hizo apropósito.

A pesar de encontrar cosas interesantes y útiles; pero si lo logró fue apoyándose en el brillante resumen del mago. A quien por cierto espió de reojo. Acababa de quitarse las gafas así que tardó un poco en ajustar la visión y percibir su perfil sin ese molesto halo borroso.

-Cameron... puedes irte si estás cansado.
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Cameron
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Empezaba a darse cuenta de que ser el chico de los cafés también había tenido su lado bueno. Para empezar nunca había tenido que quedarse hasta tan tarde. Una vez su jornada laboral llegaba a su fin, y a menos que se encontrara atrapado en alguna reunión de última hora, el señor Morrison le gruñía que se largara, que nadie allí le iba a pagar más por hacer horas extra.
Pero sarna con gusto no pica. Y poder ayudar al nuevo ministro a ponerse al día le encantaba. Por fin todo lo que había estudiado servía de algo. Por fin podía empezar a recuperar la esperanza de poder ayudar a los suyos. Todavía no le había comentado nada a Valentine, pero sólo era cuestión de tiempo que se decidiera. Además, no era el momento de hacerlo. El muchacho estaba en su primera semana y el trabajo acumulado amenazaba con asfixiarlo. Se daba cuenta de que el pobre se sentía agobiado, pero ya le había confiado en varias ocasiones que una vez pasada la toma de posesión todo sería más tranquilo. Lo más duro era siempre estudiar e informarse de todo lo que el antiguo ministro había estado haciendo y ver la mejor manera de seguir con ello de manera que cuadrara con la nueva ideología del Ministerio. Una vez resuelto eso ambos podrían respirar tranquilos y salir puntuales al final de cada jornada.

En silencio, concentrado en adelantarle trabajo a DeWitt encargándose del papeleo rutinario que se generaba cada día, Cameron empezó a sentir como los ojos se le secaban fruto del cansancio y el sobreesfuerzo. Llevaba todo el día leyendo informes y no era de extrañar que sus ojos empezasen a protestar. Al igual que su estómago, que comenzaba a mandarle tímidos toques de atención.

Sin embargo, no se movería de allí hasta que el propio Ministro se levantara de su asiento con intención de marcharse.
El mago ignoraba cómo no se había quedado dormido sentado sobre semejante armatoste. Había comenzado los trámites para renovar el despacho bajo la aprobación de DeWitt. Y de hecho ya se habían llevado a cabo algunas sustituciones. El mobiliario modernista y el clásico mantenían ahora mismo una encarnizada lucha por el dominio de la estancia. Sin embargo, la silla que había pedido para el Ministro todavía no había llegado.

“¿Hmm?” musitó, despegando la mirada del papel para contemplar el rostro cansado del muchacho. “No se preocupe, estoy bien. Todavía me quedan un par de cosas.” respondió, meneando la cabeza mientras volvía los ojos al informe, restándole importancia a su propio agotamiento. “Aunque... podría pedir que nos trajeran algo de la cafetería. No tardarán en cerrar.” añadió, mirando la hora en el recargado y ostentoso reloj que colgaba de la pared. Otro objeto horrible que no tardaría en sacar de allí.
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DeWitt
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Un latigazo de simpatía recorrió los ojos del político cuando vio como Cameron se despegaba a duras penas de tanto informe. Tenía una cara de agotamiento que echaba para atrás, incluso ese distraído “hm” le hizo saber cuán hartos estaban ambos del día. Sonrió. Una jornada que terminaría con ellos regresando a casa y metiéndose en la cama con el cerebro hecho puré de tanto trabajo. No podía ser, simplemente, era intolerable. Había que hacer algo. Además, estaba jodidamente agobiado y así no podría dormir, por lo tanto al día siguiente vendría a trabajar hecho unos zorros.

-Mmmh -respondió ahora él ante la sugerencia del mago. Le parecía bien, su estómago dio un latigazo inquisitivo ante la mera oferta de ser llenado. Miró también hacia el reloj y suspiró, gimiendo cansado mientras se estiraba en la silla. Varios huesos crujieron y eso le hizo emitir otro gemido molesto. Terminó levantándose, brazos en jarras -. Mejor vamos nosotros por ello. Venga, Cam, arriba.

Valentine amplió la sonrisa, animoso, dejando atrás el escritorio para coger su chaqueta y colocársela todo resuelto. Buscó la figura del secretario, esperando que estuviese siendo obediente, no porque esperase eso particularmente, si no porque sabía que era un adicto al trabajo en el fondo y no quería tener que sacarlo del agobiante despacho en volandas. Abrió la puerta del despacho y aguardó con el pomo entre los dedos.

-Te invito a cenar si me acompañas a un sitio. Quiero fumar y dentro el edificio no se puede... Sólo me faltaba que uno de esos androides de seguridad tan pesados me llame la atención.

Y eran muy insistentes. Pequeños, pero tremendamente eficientes. Tanto que le perseguirían hasta la misma salida de la Aguja enumerando porqué no se podía fumar en un espacio cerrado y porqué debías dejar ese vicio ¡Ya sabía que debía dejarlo! ¡Para lo que fumaba no iba a morirse de eso! Frunció el ceño mientras se imaginaba la escena y salió al pasillo amparado en tinieblas. No debía quedar nadie en la planta, porque los sensores nocturnos de luz se encendieron sólo cuando emprendieron rumbo a la cafetería. Era un sistema de ahorro, así que sólo se iluminaba el trozo en el que se encontraban, de modo que cuando iban dejando atrás las luces estas volvían a apagarse. Parecía el escenario de una película de terror.

-Por cierto... ¿Crees que podrías tutearme? -preguntó sin mirar al mago, con las manos guardadas en los bolsillos de los pantalones.
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Cameron
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El Ministro parecía decidido a escapar como fuese del despacho. Y, la verdad, motivos no le faltaban. Llevaban todo el día allí metidos sin darse más tregua que la hora de la comida y algún breve receso para ir al baño. Ni siquiera habían parado para la merienda, cuando Cameron había preparado sendos cafés bien cargados para aguantar despiertos el resto de la jornada. Así que el mago no se hizo de rogar cuando DeWitt le instó a ponerse el pie y ser ellos mismos quienes bajasen a la cafetería. A aquellas alturas Cam hubiese dado cualquier cosa por poder estirar las piernas y despegar la vista del papel.

“Listo.” dijo en cuanto puso su ordenador en modo hibernación y se levantó para coger su chaqueta.

Sus cejas no tardaron en desvelar su sorpresa ante las palabras de su superior. No tenía ni idea de a dónde pretendía llevarle, pero si eso le mantenía un poco más de tiempo lejos de la montaña de papeleo que aún le quedaba por revisar y además ganaba una cena gratis no sería él quien se negara.

“De acuerdo.” respondió con una sonrisa mientras salía del despacho.

Por un momento DeWitt y Morrison se le habían hecho muy parecidos. No por el hecho de que el nuevo Ministro le invitase a cenar, nada más lejos. Sino porque Morrison siempre se había quejado de que los androides que velaban por la seguridad y la higiene del edificio siempre andaban detrás de él apagándole el cigarro.
Avanzaban en silencio por los silenciosos pasillos de Aguja, abriendo un sedero de luz artificial a su paso, cuando Valentine volvió a sorprenderle. Empezaba a acostumbrarse. Sus ocurrencias ya no se le antojaban tan escandalosas como hacía un par de días, pero aún así, de vez en cuando, el muchacho se dirigía de una forma tan amable a él que más de una vez le dejaba sin palabras. Por suerte, aquella no fue una de esas veces.

“Me da permiso para irme a casa cuando aún queda trabajo por hacer, me invita a cenar y ahora me pide que le tutee... Está malacostumbrándome, señor DeWitt.” rió. “Pero si a usted le parece bien para mí sería un honor tutearte.” declaró con una suave sonrisa. “Aunque se me va a hacer muy raro.” admitió antes de fruncir cuanto apenas el ceño y pulsar el botón del ascensor.

Automáticamente una intensa luz azul se encendió alrededor del botón y justo sobre las puertas el indicador numérico del piso en el que se encontraba el elevador comenzó a ascender.
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DeWitt
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Los labios del ministro se extendieron en una sonrisa divertida. Rió con los labios apretados. Podía imaginar lo extraño que se le haría al mago tratarle con familiaridad, sí, no era demasiado complicado incluso tras poco tiempo tratándose. Si bien le parecía adecuado, agradable, él apreciaba al secretario porque trabajaba con esmero, se esforzaba y le ayudaba incluso si no era su responsabilidad. Sin ir más lejos... estaba haciendo horas de más y no tenía obligación ninguna. Así que actuar amablemente resultaba natural para DeWitt que se quedó observando el intenso azul del indicador del ascensor.

-Eres un buen chico-bromeó, girándose para encarar al mago y tocándole el pelo como si fuese algún tipo de adorable cachorrillo, siguiendo el pensamiento de su mente. El ascensor llegó cuando sus dedos se apartaban del cabello castaño y la puerta se abrió con el característico ruido -. Vamos, me muero de hambre...

Y de ganas de fumar rezongó colándose al interior de aquel estrecho habitáculo. Dentro la voz metálica del ordenador les saludó y esperó que indicasen la planta. Valentine así lo hizo, con voz segura y clara, después se recostó contra la pared del fondo.

Realmente los elevadores de la Aguja eran de los más modernos de luxor, rodeados por monitores que pasaban imágenes paisajistas dotadas de tremenda profundidad, emitían música relajante a un volumen perfecto y se movían sin una sola vibración. Estaban garantizados para satisfacer incluso a los claustrofóbicos; aunque, personalmente Valentine nunca se sentía mal a gusto en uno.

-¿Qué preferirías cenar? A esta hora no sé muy bien lo que nos encontraremos...
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Cameron
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Aún le parecía increíble pensar en lo mucho que había cambiado todo en el trabajo. Tanto era así que a veces incluso temía que sólo se tratase de algo temporal. Sabía que era imposible. Morrison nunca podría volver a trabajar. Y se le antojaba extremadamente difícil que DeWitt pudiera derivar alguna vez en alguien parecido a su antiguo jefe.

Divertido, el mago soltó un bufido y sonrió al tiempo que sacudía la cabeza. Definitivamente Valentine jamás podría parecerse ni lo más mínimo a Morrison. En los cinco años que había trabajado para él, el hombre jamás le había tocado una sola vez. DeWitt, sin embargo, incluso acababa de pedirle que le tuteara. El antiguo ministro se tiraría de los pocos pelos que le quedaban en la cabeza de presenciar algo semejante.

Una vez en el ascensor Cameron tuvo que hacer serios esfuerzos por mantenerse despierto. El hilo musical era tremendamente soporífero y el paisaje boscoso que lo rodeaba, dándole un aire panorámico, siempre le había parecido muy relajante.
Afortunadamente el muchacho tuvo a bien sacarle de su modorra con una pregunta que forzó a su cerebro a volver a ponerse en funcionamiento.

“Supongo que sándwiches y bocadillos. Cosas frías.” respondió tras reprimir un bostezo. “Aunque tratándose del Ministro de Derecho Social y Cultura tal vez acepten preparar algo más elaborado.” añadió con una sonrisa cuyo único propósito era meterse con el político.

¡Como si tener aquel tipo de privilegios fuese algo de lo que avergonzarse! Ya los quisiera él para poder vivir, por lo menos, una décima parte de lo bien que viviría el humano. En cualquier caso no hubo maldad en su comentario. Bueno, al menos no demasiada.

Cuando llegaron a la cafetería, tal y como había vaticinado el mago, lo único que quedaba tras los mostradores de vidrio eran platos fríos. No obstante, y como era de esperar, nada más ver entrar al político uno de los chicos de la limpieza se apresuró a llamar a las encargadas de la cocina, a las que se oía hacer inventario tras la puerta que llevaba a las cámaras frigoríficas.
Cameron no pudo evitar dedicarle una significativa mirada a su superior antes de que una de las mujeres saliera a recibirles.

“¡Señor DeWitt! ¿Aún por aquí? ¿Quiere que le preparemos algo?” inquirió mientras le ofrecía la carta con el menú del día. “Ya no nos queda mucho género, pero aún puede elegir entre los tres primeros y el último de los segundos.” indicó con una sonrisa amable.

El mago mientras tanto se había acercado a la vitrina de los sándwiches y esperaba educadamente a que la mujer atendiera primero a su superior. No tenía mucha hambre, la verdad, pero aunque la hubiese tenido ya que le iban a invitar no se le ocurriría abusar de la amabilidad de Valentine pidiendo un menú. Y menos aún si se trataba del menú que ponían a los altos cargos. Carne de calidad, platos muy elaborados y precios a juego.
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DeWitt
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Valentine ni reparó en lo inusual de su toque, acostumbrado a ser abierto y amistoso con todo el mundo. Desde joven esa faceta le ayudó a destacar, a rodearse de personas y apoyos variados. Incluso si sólo estaban allí por aprovecharse de su posición o su apellido. Siempre se le veía rodeado de gente. Por supuesto, escuchó miles de veces las advertencias de Antoine o de sus mentores al respecto, pero, no es que fuese realmente descuidado,ni estúpido, se daba cuenta, pero también podía usarlo en su beneficio... eso era lo que se instaba a protestar. Sin embargo cuántas veces quedó decepcionado y herido. Y seguía cayendo en lo mismo ¡Qué iba a hacer! ¡Era así!

Arqueó las cejas y rió con los dientes apretados. Fingió ofensa ante el comentario del mago sólo porque notó el pequeño deje de maldad implícito; pero no se molestó. No realmente. Era natural y además Cameron le generaba muchísima curiosidad en todos los aspectos. Estaba por responder algo juguetón cuando el ascensor se detuvo. Despegó la espalda de la pared mientras el bosque alrededor desaparecía y en tono educado el ordenador indicaba la planta y les daba las buenas noches.
DeWitt se preguntó si no estaría mandándolos a casa disimuladamente, pero sólo era un programa con frases predeterminadas...
...Eso le trajo a la memoria una anécdota sobre un robot doméstico que le habían contado hacía varios días. Guardó las manos en los bolsillos de nuevo y siguió la esbelta figura de Cameron hasta entrar al local. Estaba a pocos metros del ascensor así que incluso andado en silencio no se sintió incómodo. De echo tampoco sintió reparo al entrar a la cafetería y ver que ya estaban limpiando, así como escuchar las voces de los cocineros ultimando detalles antes de cerrar.

Nada de eso le hubiese incomodado, realmente, si no hubiese visto echar a correr al chico de la limpieza hacia la cocina. Vale, no corrió, pero casi, y, vale, no fue eso en realidad lo que le hizo sentirse expuesto si no toparse con la cara de prepotente del secretario. Esa que decía: ¿Ves? Enchufado.

O algo así.

De hecho en el pasado no hubiese reparado en la connotación, pero de pronto se sintió expuesto e incómodo y supo que pese a que respondió a Cameron con un gesto infantil -le saco la lengua- estaba sonrojado. Fue algo leve, pero ineludible. No por el gesto del secretario en si, si no porque acababa de recordar la conversación con Altina en aquel parque y cosas que escuchó durante los últimos días sobre su antecesor y el trato que le daba a los magos.

“¡Señor DeWitt! ¿Aún por aquí? ¿Quiere que le preparemos algo?”

Valentine chocó su propia sonrisa con la de aquella mujer y levantó ambas manos en disculpa, apaciguando su nerviosismo:

-No se moleste, de verdad -se fue hacia Cameron y lo posó una mano en el hombro, inclinándose para ojear los bocadillos de aquella zona. Tampoco reparó en que la mujer le miraba horrorizado porque era la comida de los secretarios y ningún ministro en su sano juicio se plantearía comer algo de allí; pero, Valentine estaba un poco nervioso y además a él le gustó el aspecto -. Creo que con este y este... y este estará bien ¿Qué dices Cameron? ¿Quieres otra cosa? Y algo de bebida embotellada... Sólo vamos a tomar un poco el aire.

Cuando se calló, el ministro tenía los labios distendidos en una simpática sonrisa pero algo más prieta de lo habitual y sus párpados estaban entornados. Se veía casi dulce aunque aún no quitaba los dedos del hombro del secretario y estos, en algún punto, le apretaron un poco más de lo habitual, pero sin llegar a ser molestos.
Edited by DeWitt, 1 Aug 2014, 11:03 AM.
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Cameron
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El mago no pudo evitar echarse a reír nada más ver la reacción tan infantil que su pulla provocó en el político. De no ser porque empezaba a conocerlo Cameron pensaría que el exceso de trabajo había acabado por fundir hasta la última neurona del ministro, impidiéndole formular una réplica propia del gran orador que era. Pero a pesar de que el tiempo que llevaban trabajando juntos no era gran cosa -apenas si pasaba de la semana-, el secretario ya estaba al corriente de lo familiar y confiado que podía ser su nuevo jefe. Tanto que hasta le sacaba la lengua y le revolvía el pelo como si ambos fuesen sólo unos críos.
Lejos de disgustarle, el comportamiento del más joven le resultaba divertido. Su carácter chispeante sumado a la gran audacia que el muchacho había tenido ocasión de demostrar en unas cuantas ocasiones desde que se vieron por primera vez y el trato amable que le dedicaba habían logrado que cada día Cameron se despertara con una sonrisa ante la idea de ir a trabajar. ¡Cuán atrás habían quedado ya los días en los que tenía que hacer verdaderos esfuerzos para salir de la cama y arrastrarse hacia la ducha!

Qué más daba si la cocinera le ignoraba por completo para dedicar toda su atención a Valentine. El chico era el Ministro al fin y al cabo, no él. Él tenía más que suficiente sabiéndose valorado dentro del despacho. Fuera de éste seguiría siendo un mago más. Un ente invisible. Y eso le gustaba. Con el tiempo había aprendido a apreciar las ventajas de que nadie le prestase atención. Resultaba cómodo. Sobre todo teniendo en cuenta que él era una persona a la que no le gustaba para nada llamar la atención.

No obstante, su habitual capa de invisibilidad dejó de surtir efecto en cuanto DeWitt decidió librar a la cocinera de volver a ponerse con los fogones y posó una mano sobre su hombro para inclinarse sobre la vitrina de los sándwiches.
Sorprendido y muy consciente de la mirada de horror que les estaba dirigiendo la pobre mujer ante semejante espectáculo, Cameron parpadeó un par de veces antes de ser capaz de articular palabra.

“Eh... sí, de acuerdo.” asintió, imitando la sonrisa del ministro.

¿Era cosa suya o Valentine estaba nervioso? ¿Pero... por qué? ¿Era por lo que le había dicho antes de entrar a la cafetería? ¿De verdad no se había dado cuenta de la cantidad de detalles que la gente de aquel edificio -y de fuera del mismo- tenían con él sólo por ser quién era -y lo que era-?

“Pónganos también uno de estos. De los de pollo con curry.” añadió justo cuando la mujer se apresuraba a cumplir con el mandado del político. “Están muy buenos.” aseguró, girando el rostro hacia Valentine con una pequeña sonrisa tranquilizadora.

La mujer no tardó más de dos minutos en tenerlo todo listo para que pudieran llevárselo. Pero ni con esas se dio por vencida.

“¿Está seguro de que no quiere que le preparemos nada? ¡No nos cuesta nada, de verdad! Con tan poco seguro que se quedan con hambre.”

Durante un breve instante el mago alucinó por completo. No tanto por la insistencia de la mujer, eso era de esperar, sino porque era la primera vez que alguien le trataba de usted. Es más, era la primera vez que alguien le incluía en una conversación que, en principio, iba dirigida exclusivamente hacia su jefe.
Tal vez sería recomendable para Valentine que dejase la familiaridad con la que le trataba para el interior del despacho. Cameron se dio cuenta en seguida de que aquello podría afectar a la reputación del político y casi con toda probabilidad no sería para bien. Sabía que DeWitt quería distinguirse de su predecesor por tener una actitud más progresista, pero casi con toda probabilidad lo más prudente sería hacer aquel cambio de una manera más paulatina.
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DeWitt
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Era consciente de los detalles que todos tenían para con él, tanto por ser ministro como por ser un DeWitt previamente, pero nunca se paró a pensar en eso como algo de lo que sentirse avergonzado, ni siquiera ahora realmente se lo parecía, pero, una extraña sensación de vacío repiqueteó en su estómago y le hizo estremecer un rincón profundo de su ser. Por eso cuando las palabras del mago surgieron aceptando la propuesta de los bocadillos y lanzando una sonrisa tranquilizadora sus dedos se distendieron sobre su hombro. Fue algo subconsciente más que nada, que dejó un regusto desagradable al político. No supo decir por qué exactamente, pero allí estaba. Hubiese gruñido sin embargo no era una persona de esas por lo que parpadeó finalmente y asintió. Sí, uno más de curry estaba bien.


Cuando la jefa de cocina volvió con el paquete preparado Valentine dejó que fuese Cameron quien lo cogiera y le tendió la tarjeta de créditos.

-No, gracias. Será todo- afirmó amable pero con un renovado deje de firmeza. Seguía con ese incómodo vacío en el cuerpo pero tal vez la mirada de la mujer le hizo reaccionar un poco, o la expresión alucinada del mago, quién iba a decirlo. Simplemente una vez tuvieron la cena se alejó de regreso al ascensor, más tranquilo, pero dándole vueltas aún a ese sentimiento incómodo. Sabía qué se debía a las horas de trabajo intensivo y a su estudio privado respecto a los magos. Los libros que había estado leyendo, la conversación con Altina...
...cada una de esas pequeñas cosas habían ido a caerle encima de la conciencia justo en ese momento. Era una bobada, también lo sabía, pero se dijo que estaría mejor tras llenar el estómago y fumarse un par de cigarrillos.

Aunque en el fondo también le sorprendió cómo fue incluido a la conversación Cameron, cuando segundos antes la mujer con toda claridad le había ignorado para centrarse únicamente en el político ¿Consiguió eso con su actitud? Pensarlo provocó en Valentine un deje fugaz de satisfacción. Cuando llegó ante las puertas del ascensor volvía a sonreír alegremente.

-Y ahora, al mejor sitio de está torre -indicó tras tocar el botón y que las puertas se abrieran. Se hizo un poco de lado e invitó a Cameron a pasar primero. Iban a subir al último piso, dónde la torre perdía su forma rectangular y comenzaba la aguja de diamante que le daba el nombre. En esa intersección había un pequeño borde decorativo al que se accedía por una puerta de mantenimiento. No era una terraza ni una azotea propiamente dicha pero se podía estar cómodo y, sobre todo, la vista de Luxor era alucinante. Podías apreciar cada barrio y el titan flotante de Skyfall parecía aún mayor desde allí. Casi al alcance del a mano.

Mientras recibían el saludo estándar del ascensor e indicaban la planta Valentine rebuscó en sus bolsillos, asegurándose de llevar el paquete de cigarrillos y el encendedor.
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Cameron
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Durante unos minutos Cameron estuvo tentado de preguntarle si se encontraba bien. DeWitt había relajado la presión con la que le había cogido del hombro y hasta sonó firme cuando tuvo que volver a declinar el insistente ofrecimiento de la cocinera, pero hasta que no estuvieron de vuelta en el ascensor y el muchacho volvió a lucir su habitual sonrisa le dio la sensación de que algo no andaba bien.

“¿A dónde vamos?” preguntó, incapaz ya de reprimir por más tiempo la curiosidad.

Llevaba cinco años de su vida trabajando allí pero lo cierto era que apenas conocía el edificio más allá de los lugares que, como secretario, debía frecuentar. Y eso sólo incluía las zonas de uso común tales como los servicios, la cafetería, el comedor, etc. Y los sitios en los que llevaba a cabo alguna función relacionada con su trabajo: el despacho, el servicio de reprografía, la sala de correo, los despachos del resto de ministros y consejeros, las salas de reuniones, etc. No es que no le gustara husmear, pero a los robots de mantenimiento no les hacía gracia tener a nadie pululando por sus dominios, daba igual que fuese humano que mago, y él no era de los que se buscaba problemas innecesarios en el trabajo.
Así que, cuando por fin salieron del ascensor en el último piso, atravesaron una de las muchas puertas de mantenimiento -perfectamente disimulada para no romper la elegante estética del edificio-, recorrieron un pasillo aparentemente interminable y volvieron a cruzar otra puerta no pudo hacer otra cosa que quedarse con la boca abierta.

Las vistas de la ciudad eran increíbles. No creía haber visto nunca Luxor desde tan alto. Lo único que tal vez rompía toda aquella belleza era Skyfall. Aquel enorme armatoste siempre le había causado una desagradable sensación de turbación. Apreciaba la justicia, por supuesto, y también que la gente pagara por sus crímenes con las penas que les correspondían. Pero con el tiempo había sabido que no todos los que daban con sus huesos en Skyfall lo hacían por haber cometido ningún delito. A veces bastaba sólo con tener muy mala suerte y cruzarte en el camino de alguien con muy pocos escrúpulos que te considerase un estorbo para que tuvieras que decir adiós a tu libertad. Y, lamentablemente, eran muy pocos los magos que una vez entraban en la cárcel volvían a poner un pie fuera de ella.
Pero en cualquier caso no se dejó amargar por aquel pensamiento. Las luces allí abajo brillaban con demasiada intensidad como para permitirlo. Y la luna llena se alzaba ya en lo alto del cielo, justo sobre el mar. Era una pena que el mismo resplandor que hacía tan bonito a Luxor no dejara ver las estrellas.

“No deberías haberme enseñado este sitio.” indicó, volviendo su rostro serio hacia el político segundos antes de sonreír. “Ahora sabré dónde buscarte cuando empieces a intentar escaquearte del trabajo.” añadió, echándose a reír mientras revolvía en la bolsa para tenderle una de las mitades de sándwich que la mujer había empaquetado para ellos.

>> “Muchas gracias.” sonrió, ahora sí, en serio. “Pero... ¿cómo conocías este sitio? ¿Habías estado antes trabajando aquí?”
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